HERMANAS: LA HISTORIA DE ALIX Y MINNIE DE DINAMARCA.

Cuando en el año 1856 se retrató a estas dos chiquillas nadie hubiese podido figurarse que se estaba obteniendo un cuadro histórico, porque contenía a una futura reina de Gran Bretaña, también emperatriz de la India, y a una futura zarina de Todas las Rusias, en concreto la penúltima que habría. En el año 1856, sólo era un cuadro representando a dos hermanas danesas no demasiado significativas dentro del gran círculo de la realeza europea. La mayor, situada a la izquierda, se llamaba Alexandra Carolina Marie Charlotte Louise Julia, aunque se la conocía por el diminutivo Alix. Puesto que había nacido en el año 1844, en 1856 contaba doce años de edad. La menor, que aparece a la derecha, se llamaba Marie Sophie Frederikke Dagmar, pero solía emplearse su cuarto nombre de pila -Dagmar- y, más a menudo, el apelativo Minnie. Nacida en 1847, contaba sólo nueve años.
Por supuesto, ninguna tenía ni idea de lo que les depararía el destino. No podían predecir su futuro, pero, de haberlo hecho, seguramente les habría reconfortado saber que, a través de las vicisitudes por las que cada una de ellas tendría que pasar, nunca se rompería el fuerte vínculo emocional que las unía. Con el tiempo, posarían juntas en numerosos retratos:
Alix a la derecha, Minnie a la izquierda, las dos de blanco:

Alix a la izquierda, Minnie a la derecha:

Alix de nuevo a la izquierda, con Minnie a la derecha:

Alix a la derecha ahora, con Minnie a la izquierda de la imagen:

Alix a la derecha otra vez, por tanto Minnie situada a la izquierda:

Alix a la izquierda, Minnie en el lado derecho:

Pero, por supuesto, todavía serían más los retratos de ambas por separado, que permiten a cualquiera contemplar desde el presente cómo dos princesas danesas se transformaron en dos de las mujeres más destacables de la época.
El rey George V declararía: “He crecido en una época de mujeres bellas, y las más hermosas de todas eran la emperatriz de Austria (Elisabeth) y mi propia madre”. Una breve galería de imágenes de Alix demuestra que su hijo no decía lo que decía por simple devoción filial hacia ella. Realmente, poseía esa clase de presencia física que resiste incluso el paso del tiempo:



Sin ensombrecer en absoluto la extraordinaria belleza de Alix, Minnie tenía un aspecto lo bastante grato a la vista y, además, ese desparpajo que confiere un atractivo especial a quienes lo poseen. Una galería de imágenes de Minnie muestra a una mujer que llama la atención…y la retiene, con su natural elegancia y empaque:


EL ORIGEN.
DINAMARCA
El 15 de Noviembre de 1863 falleció, sin dejar hijos que le sucediesen en el trono, el rey Frederick VII de Dinamarca. Es decir, este señor aquí retratado:

Se trataba de un tipo popular entre sus súbditos, aunque su vida privada había escandalizado a la familia real y a los cortesanos desde hacía mucho tiempo. Joven aún, le habían casado con una prima, Wilhelmina Marie, princesa de Dinamarca, hija del rey Frederick VI y su esposa María Sophia Fredrikka de Hesse-Cassel. Pero la conducta disipada del marido, aficionado al juego, la bebida y las mujeres, había provocado una desastrosa vida conyugal; dado que carecían de hijos, se les ofreció una salida para tanta desdicha en común: el divorcio. Tras el divorcio, Wilhelmina se casaría con otro primo, el duque Carl de Glücksburg, mientras que Frederick, entonces príncipe, contraería segundas nupcias con la princesa Caroline Mariane de Mecklemburg-Strelitz. Por desgracia, esta unión celebrada en 1841 se prolongó sólo hasta 1846. Freddie no trató a la pobre Caroline Mariane mejor de lo que había tratado a Wilhelmina Marie. Para rematar las cosas, había iniciado una escandalosa convivencia con una plebeya, hija ilegítima por añadidura, llamada Louise Christine Rasmussen. Esa situación se resolvió con un segundo divorcio…y, pasado tiempo, llevaría a un tercer matrimonio morganático con la amante Rasmussen, nombrada condesa Danner.
Estas son imágenes de las tres mujeres vinculadas a Freddie:
Wilhelmina Marie

Caroline Mariane
Louise Christine

Obviamente, Louise Christine Rasmussen, condesa Danner, nunca fue aceptada. Sin embargo, se trataba de una bondadosa mujer, que hizo lo posible por sosegar a su marido y que dedicó una fortuna a crear numerosas instituciones para proporcionar oportunidades en la vida a mujeres y niños de bajo origen social.
El caso es que, careciendo de herederos directos, en el año 1858 Freddie, ya rey, había otorgado el título de Alteza Real a su primo Christian de Schlesweig-Holstein-Sonderburg-Glücksburg, en adelante príncipe de Dinamarca. Título compartido, obviamente, por la esposa de éste, Louise Wilhelmine. Extensivo, por supuesto, a los hijos de la pareja: Freddie, Alix, Vilhelm, Dagmar “Minnie”, Thyra y Valdemar “Valdi”.
Hasta entonces, la vida de la familia formada por Christian, Louise Wilhelmine y sus hijos podría calificarse de sencilla, incluso modesta, carente del lustre que suele proporcionar la realeza.
Christian había sido uno de los diez hijos engendrados por Friedrich Vilhelm, duque de Schleswig-Holstein-Sonderburg-Glücksburg, con su esposa Louise Caroline, princesa de Hesse-Cassel. A través de su padre, Christian pertenecía a una rama menor del poderoso tronco Holstein, que gobernaba Dinamarca desde hacía siglos; pero la vinculación con la casa danesa se reforzaba mucho gracias a la madre, pues Louise Caroline tenía por madre a una Louise nacida princesa de Dinamarca y Noruega. Mediante Louise Caroline, Christian podía presumir de contar entre sus bisabuelos al rey Frederick V de Dinamarca y a la primera consorte de este, Louise de Gran Bretaña (una hija de George II con Caroline de Ansbach). Aparte esta magnífica genealogía, la hermana mayor de Louise Caroline, la tía materna de Christian llamada Marie Sophie Frederika, se había casado con otro rey de Dinamarca: Frederick VI.
En conjunto, la tía Marie reina de Dinamarca resultó el hada madrina de Christian. El duque Friedrich Vilhelm de Glücksburg se murió prematuramente, dejando a la desconsolada viuda poquísimos recursos con los que sacar adelante a su amplia prole. En aquel momento de apuro, Louise Caroline recibió la amable oferta de su hermana reina Marie de acoger a alguno de sus hijos en Coppenhague. Dos niños, Christian y Hans, marcharon a la capital danesa, en dónde los tíos reyes Frederick y Marie se hicieron cargo de su tutela.
Christian demostró que poseía un carácter serio, reflexivo, amable y esforzado. No se distinguía por una gran inteligencia ni por la elocuencia, pero se hacía querer por su honestidad básica, su integridad moral, su absoluta decencia. Se amoldó pronto a la disciplina militar, cuando se le envió a una escuela para cadetes. Luego causó excelente impresión en la Academia para Oficiales de Coppenhague, de dónde salió para incorporarse a la Caballería Real con el rango de capitán. Se mantenía a sí mismo con su salario, un salario que permitía vivir con relativa holgura a un soltero.
Lo más importante que le sucedió, en esa época, fue que se le envió a Inglaterra a presentar los respetos de Dinamarca a la joven Alexandrine Victoria, recientemente convertida en Su Graciosa Majestad Victoria I. Victoria contaba dieciocho años, y Christian diecinueve años; los dos eran primos en cuarto grado, los dos parecieron simpatizar y por unos meses se albergó la esperanza de que pudiese concertarse un matrimonio entre ellos. Pero, al fin, Victoria se decidió por un primo hermano: Alberto de Saxe-Coburg-Gotha. Y Christian, que quizá había aspirado durante un breve lapso de tiempo a llegar a transformarse en príncipe consorte de Victoria, no tardó en enamorarse de una prima más cercana geográficamente: Louise Wilhelmine de Hesse-Cassel.
Hasta el año 1839, Christian pudo prosperar bajo la mirada benévola y orgullosa de sus tíos, Frederick VI y Marie. Estos son los retratos de esa pareja que dispensó verdadero afecto protector a su sobrino huérfano de padre:
Rey Frederick VI y su esposa Marie de Hesse


En 1839, Frederick VI falleció, heredando el trono su primo Christian, en adelante Christian VIII. Como veréis, no deja de ser un poco lioso que los reyes daneses vayan alternando sucesivamente los nombres Frederick y Christian
Christian VIII también estaba bien predispuesto hacia Christian de Glücksburg, el amable príncipe capitán de la Guardia Real a Caballo. Se trataba de un hombre muy decepcionado con su propio único hijo, el príncipe Frederick, que luego sería Frederick VII…el de las tres esposas del que hemos hablado antes. De manera que volcaba todo su afecto en sus sobrinas, particularmente en las hijas de su hermana Charlotte de Dinamarca, casada con el landgrave William de Hesse. Entre ellas figuraba la bonita Louise Wilhelmine.
Aunque su padre poseyese el título de landgrave de Hesse, se había establecido junto a la esposa en Dinamarca cuando Louise Wilhelmine frisaba en los tres años de edad. Con la ascensión al trono de Christian VIII, William de Hesse desempeñó cargos de notable importancia, lo cual se unía al hecho de que manejaba una considerable fortuna. Partiendo de esas premisas, William de Hesse y Charlotte de Dinamarca esperaban un gran partido para Louise Wilhelmine. En un primer momento, no hizo ninguna gracia que la muchacha se enamorase del primo Christian de Glücksburg. No había nada que objetarle al muchacho en cuanto a actitud o conducta, desde luego, pero se trataba de un príncipe de escasa importancia dinástica (eso parecía entonces…) y con un salario de capitán para mantener a la familia que fundase. En conjunto, no estaba a la altura de las expectativas que se habían creado en torno a Louise Wilhelmine.
No obstante, el amor recíproco de Christian y Louise Wilhelmine se impuso al resto de consideraciones. Louise afirmó que estaba bien dispuesta a manejar su casa con el sueldo de su esposo capitán, que no necesitaba rodearse de lujos y que se las apañaría para mantener una vida modesta pero digna. En esa tesitura, la tía Marie de Hesse, viuda del rey Frederick VI, apoyó a los enamorados. También les apoyó, por suerte, la bondadosa esposa del rey Christian VIII, Carolina Amalia de Augustenburg. Se acordó que los novios vivirían en el denominado Palacio Amarillo, en realidad una casa de buen tamaño situada en una céntrica calle, en los aledaños del complejo real de Amalienborg; y que se les facilitaría dinero para que no les faltase nada de lo necesario, por mucho que el principal recurso económico lo constituyese el salario mensual del novio. Así, Christian y Louise Wilhelmine pudieron casarse el 26 de mayo de 1842. Fue, se mirase por dónde se mirase, una romántica boda de primavera.
El rey Christian VIII y su esposa Caroline Amalie, tíos de Louise Wilhelmine:


En resumidas cuentas, aquí os muestro a Christian y Louise, aún jóvenes, poco después de su matrimonio por amor:


Los dos estaban sinceramente agradecidos a quienes les habían apoyado en su deseo de casarse. La amable reina Caroline Amalie fue elegida madrina de bautismo para los seis hijos que tendría la pareja: Freddie, Alix, Vilhelm, Dagmar, Thyra y Valdi. Una de las niñas, en concreto Alix, portaba entre sus nombres de pila Caroline, en honor a la madrina. En cuanto a la reina Marie, la viuda de Frederick VI, Christian tributó un homenaje a su cariñosa tía llamando a su segunda hija Marie Sophia Friederika, aunque añadiese, de cuarto nombre, Dagmar, en recuerdo a una soberana del siglo XIII.
Los niños Glücksburg tuvieron una niñez muy poco “real”. En el Palacio Amarillo se vivía con lo justo, de manera que los pequeños se acostumbraron a una existencia en la que no abundaban los caprichos. Alix y Dagmar, las dos niñas mayores, compartían una habitación en la que cada una de ellas se hacía la cama por las mañanas. A la hora del desayuno, se ayudaba a hornear el pan o a batir la mantequilla sin ningún remilgo. Desde pequeñas aprendieron a zurzirse la ropa y a tejer sus medias. Más adelante, se les enseñó a confeccionar sombreritos, porque esa clase de complemento resultaba caro en Coppenhague.
Los padres se encargaban de parte de las lecciones. El padre, en concreto, orgulloso de su pertenencia a la Caballería, les enseñó personalmente a montar con gran estilo, aparte de que les obligaba a practicar gimnasia en los parques cercanos a su residencia hiciese buen o mal tiempo. Todos los críos Glücksburg demostrarían siempre una excelente forma física, que incluso les permitía hacer acrobacias.
Por supuesto, tuvieron institutrices, preceptores y damas de compañía, pero no en el número en que se suponía debían figurar en una residencia principesca. En realidad, la falta de recursos económicos limitó la formación académica propiamente dicha de los Glücksburg, en especial de las niñas. Para compensar, no faltaban visitantes interesantes en su casa. El autor Hans Christian Andersen, amigo personal de Christian y Louise, acudía a menudo al Palacio Amarillo para ejercer de cuenta cuentos con los retoños.
Resultaba más fácil encontrarse a esos críos paseando por las calles de la capital que dentro de Amalienborg. La muerte de Christian VIII, acaecida en 1848, hizo muy escasas las visitas a la corte. Christian y Louise tenían sus reparos hacia el rey Frederick VII, pero, sobre todo, hacia la esposa morganática de éste, Louise Christine condesa Danner. Por tanto, preferían mantener las distancias, en especial en lo que concernía a sus hijos. De cualquier manera, los Glücksburg no tuvieron un papel ni oficial ni semi-oficial hasta que se les elevó al rango de Príncipes de Dinamarca en el año 1852. Fue en ese momento cuando se hizo evidente que, a la muerte de Frederick VII, Christian se transformaría en el rey Christian IX de Dinamarca.
El “ascenso” implicó que, aparte de usar el Palacio Amarillo, podrían utilizar como residencia estival el bonito castillo de Fredensborg. Fredensborg se grabaría a fuego en la memoria de los niños, quienes, ya adultos, no podían dejar de volver año tras año al país natal para participar en las grandes reuniones familiares en ese lugar idílico. Ocasionalmente, viajaban a tierras germánicas para visitar a la familia de su padre (en particular a la abuela paterna, la anciana duquesa Louise Caroline de Glücksburg) o para acudir al castillo en el que los Hesse se congregaban con relativa frecuencia: Ruppenheim. Esto suponía una agradable variación sobre la rutina, que, por otra parte, nunca se hacía demasiado pesada porque existía una profunda unión entre todos.
Los críos estaban unidos y lo estarían siempre. Por supuesto, existían favoritismos. Alix y Minnie formaban un círculo dentro del círculo más amplio de los seis hermanos. Las dos sentían cierta predilección por Vilhelm. Thyra, la tercera niña, estaba particularmente unida a Valdemar, o Valdi. En conjunto, se querían y protegían unos a otros. En una etapa posterior de sus vidas, cuando les separasen grandes distancias, el afán que pondrían en cruzarse cartas y visitarse en cuanto había ocasión de coincidir demostraría que su feliz infancia común nunca dejó de influenciarles.
Año 1863.
Christian se convierte en el rey Christian IX de Dinamarca:

Es obvio que la significación de sus tres hijas -Alix, Minnie y Thyra- en el mercado matrimonial se incrementa. Ya no son las hijas de un insignificante príncipe, sino las hijas de un soberano reinante. Sin embargo, Dinamarca, entonces, constituye un pais pequeño (Noruega se había perdido definitivamente durante la liquidación a escala continental de la época napoleónica) y de pocos recursos. No se trata ni de una potencia, ni de un país de los calificados como medianos. Está por debajo de eso.
Sin embargo, las princesas danesas destacan por su magnífica estampa. Imágenes como la siguiente, de la reina Louise rodeada de sus hijas y con su hijo pequeño en primer plano, muestran que había formado una bonita familia:

Asimismo, las imágenes de las tres hermanas Alix, Minnie y Thyra juntas constituyen una delicia:

Sin embargo, nadie podría haber supuesto que faltaba poco para que Alix diese el campanazo con su compromiso nupcial, lo que revalorizaría a las dos hermanas menores en el cambalacheo de alianzas dinásticas.
Volviendo hacia atrás, una galería de retratos juveniles de Alix, Minnie y Thyra de Dinamarca.
Alix

Minnie

Thyra

El rey Christian IX decía que Alix era su hija hermosa, Minnie su hija inteligente y Thyra su hija bondadosa. Desde luego, al hombre se le caía la baba con sus hijas
Fuere como fuere, las perspectivas matrimoniales de las muchachas eclosionaron a raíz del compromiso de Alix con uno de los mejores partidos de su época: Albert Edward, llamado Bertie, entonces príncipe de Gales, heredero de la extraordinaria reina Victoria y el consorte de ésta, Albert.

Bertie retratado como un joven gentleman
En realidad, la operación “Casar a Bertie” fue, por así decirlo, el último gran proyecto existencial de su padre, el príncipe Albert. Y, fallecido Albert inopinadamente, la reina Victoria se empecinó en sacar adelante en un tiempo récord aquel asunto. Antes de que Albert muriese, ya se había decantado por la princesa danesa Alexandra “Alix” como futura consorte de su retoño, de manera que Victoria estaba absolutamente decidida a hacer de esa muchacha su nuera.
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A decir verdad, Bertie siempre había constituído una decepción para Albert y Victoria. El niño, segundo de sus nueve hijos y primero entre los cuatro varones, había nacido en 1841. Un año antes había venido al mundo la primogénta de la pareja real, Victoria, apodada “Pussy” en la infancia, más tarde denominada “Vicky”; y un año y medio después de que apareciese Bertie, llegaría otra fémina a la que se daría el nombre de Alice. En cualquier caso, resultó mala suerte para Bertie nacer entre Vicky y Alice. Vicky demostró nada más abandonar la cuna una inteligencia y madurez completamente precoces. Podríamos hablar de una especie de “niñita prodigio”: antes de que esa princesa cumpliese los cinco años, su governada, lady Lyttelton, se admiraba de la fluidez con la que leía y la naturalidad con la que escribía. Aprendió también a temprana edad a desenvolverse no sólo en alemán, sino en francés. Luego, la chiquilla sorprendería por su aplicación en materias diversas, desde ciencias naturales a historia, pasando por latín.
Sin alcanzar los logros de Vicky, Alice también se ganó el título de excelente estudiante. Aprovechaba sus lecciones, desarrollando especial interés hacia las ciencias y, en concreto, hacia la biología y anatomía.
Por comparación con las dos brillantes hermanas, Bertie no valía ni lo que un duro de chocolate. Se trataba de un niño de aprendizaje lento, en parte debido a que se distraía con cualquier cosa, en parte debido a su carácter perezoso. Le costaba concentrarse, se perdía enmedio de cualquier discurso, no cogía el ritmo a un plan de estudio, se hacía el remolón…En fín, un pequeño “desastre”.
Al príncipe Albert, padre infatuado con la brillante “Pussy” y benévolo hacia la retraída pero altamente responsable Alice, se le agotaba enseguida la paciencia con Bertie. Entre tanto, la reina Victoria, una mujer que disfrutaba intensamente del aspecto íntimo de su matrimonio, se disgustaba por tener que afrontar “el lado oscuro” de aquellas gozosas experiencias sexuales: los embarazos seguidos de partos. Tras Alice, vendrían Alfred (Affie), Helena (Lenchen), Louise, Arthur (Artie), Leopold y Beatrice (Bee). Por si no llegasen a fatigar tantos niños, uno de ellos, Leopold, nació aquejado por la hemofilia, una enfermedad particularmente ominosa que obligaba a someterle a especiales cuidados y una estricta vigilancia.
La extensa familia le proporcionaría a Albert y Victoria algunos quebraderos de cabeza, como es lógico. Pero los primeros quebraderos los provocó, precisamente, su heredero Bertie. Por tratarse del presumible sucesor de la madre, se le exigía más que a ninguno cuando él podía dar menos que los otros. Los diferentes tutores y preceptores no habían logrado “exprimir” al máximo su capacidad, de modo que se quedó anclado en una frustrante mediocridad, en opinión de sus padres.
Así las cosas, la encantadora “Pussy”, ya “Vicky”, se casó en 1858 con el príncipe prusiano Friedrich, “Fritz”, hijo del príncipe heredero de Prusia Frederick y la esposa de éste, Augusta. La marcha de Vicky a Berlín llenó de angustia a su encandilado padre Albert, al punto de que la reina Victoria se sentiría incluso molesta. Desde entonces, Albert se centró en buscar un buen partido para Alice (que en efecto se casaría en 1862 con otro germánico, Ludwig, heredero de Hesse-Darmstadt), pero no dejó de marcar la pauta para la evolución de Bertie. El príncipe de Gales acabó sumándose a un regimiento británico en Irlanda, para recibir instrucción militar; en teoría, debía dispensársele un trato parecido al de sus compañeros, pero esto se hacía imposible desde el mismo instante en que se buscó para albergarle una buena casa en las cercanías del campamento porque no se consideraba “apropiado” hacerle dormir en los barracones. Aparte, a él le bastaron unos meses para que se le otorgasen los galones de teniente, que los otros se ganaban con trabajo duro en un plazo de años.
En septiembre de 1861, Albert y Victoria mandaron a Bertie a Alemania. La excusa oficial estaba servida: visitaría a su hermana la princesa Vicky, aparte de asistir a unas maniobras del ejército prusiano. Pero lo que se hacía era proporcionar una cortina de humo para el auténtico objetivo de ese viaje: que Bertie conociese a la princesa Alix de Dinamarca, quien, por entonces, se hallaba con sus padres y hermanos visitando a unos parientes.
Bertie sabía a lo que íba, pero Alix no. La chica se sorprendió de lo lindo cuando, una mañana, su madre la instó a ponerse su sombrerito y vestido más favorecedores para hacer un viaje en tren hasta la ciudad de Speyer, en dónde admirarían la catedral. No parecía nada sensato engalanarse para ir a ver obras arquitectónicas. En la catedral, hubo un encuentro “aparentemente casual” de los príncipes de Prusia, Fritz y Vicky, acompañados de Bertie, con la familia danesa. Dado que no tenía la menor idea de lo que se cocía, Alix se comportó con espontánea simpatía, ganándose una buena opinión tanto de Vicky como de Bertie.
Bertie había actuado como “un hijo obediente”, acudiendo al encuentro “puramente casual” en una catedral germánica. Más adelante, admitiría que Alix le había agradado. Había visto a una muchacha bonita, risueña, animosa, y, por encima de todo, natural, sin melindres artificiosos. En conjunto, Alix parecía la mejor opción, si pensaba en la lista con los nombres de seis princesas que se había elaborado para que el heredero inglés se decantase por una consorte.
Alix, por su lado, estaba “en la luna de Valencia”. Ella no sabía lo que se tramaba a su alrededor. La reina Louise había juzgado, adecuadamente, que su hija se comportaría con naturalidad sólo si ignoraba lo que ocurría entre bastidores. El desconocimiento haría que Alix se manifestase exactamente como era, lo cual, en opinión de la madre, suponía su mejor baza. Y el desconocimiento evitaba, también, que Alix se crease expectativas. De echarse todo el asunto a perder, Alix no sufriría ningún desengaño. No íba a dolerle el orgullo, en resumidas cuentas.
Ese verano concluyó con el regreso de Bertie a Inglaterra y de Alix, junto a su familia, a Dinamarca. Bertie parecía necesitar un tiempo antes de dar el paso, algo que Albert y Victoria estaban dispuestos a conceder. Al fin y al cabo, el príncipe de Gales tenía veinte años, mientras que la princesa danesa rondaba en los diecisiete. No pasaba nada por mantener la historia en suspenso unos meses.
Pero la situación experimentó un giro dramático cuando el príncipe Albert recibió informes acerca de una aventura “erótica” entre su hijo Bertie y la actriz Nellie Clifden. Para ser exactos, aquello había acontecido en tierras irlandesas, mientras Bertie recibía instrucción militar y “conseguía” los galones de oficial. Habían sido los mismos compañeros de Bertie quienes habían metido a la bonita y alegre Nellie en la cama del joven Gales…literalmente, no metaforicamente. Pero Bertie no se había resistido, se había dejado seducir, y Albert estaba absolutamente angustiado por la “evidencia” de la “conducta disipada” y la “falta de criterio moral” de su hijo. En plena crisis de ansiedad a cuenta de ese episodio, Albert se dirigió a Cambridge, la Universidad en la que se hallaba Bertie. El clima resultaba espantoso, llovía, soplaba un viento glacial, y sin embargo Albert, con una salud un tanto quebradiza desde la niñez, viajó a Cambridge para reconvinar con la mayor severidad a Bertie por el affair Cliffden. Cuando regresó a casa, el príncipe consorte se sintió espantosamente mal. Pronto hubo de guardar cama, aquejado de lo que en principio se diagnosticó como influenza, pero que acabó siendo nada menos que fiebre tifoidea.
Albert, príncipe consorte de Victoria, falleció Windsor el 14 de diciembre de 1861.
Imágenes de Albert, príncipe consorte, el “futuro suegro” de Alix, que no llegó a conocerle:


La muerte de Albert constituyó un fortísimo cataclismo emocional para su esposa, Victoria. A ojos de la reina, su hijo Bertie se transformó en “el culpable”. 1861 había sido un año particularmente extenuante para Albert, que se había consagrado por entero a la Exposición Universal de Londres; el consorte de la soberana se encontraba más que agotado, al límite de sus fuerzas, y se sabía que, en su caso, le costaría sobreponerse a cualquier tensión adicional. La tensión adicional había llegado…por el dichoso Bertie y su Nellie Cliffden. En opinión de Victoria, si Albert no se hubiera encontrado con semejante disgusto ni en la tesitura de realizar un viaje a Cambridge precisamente en días de pésimo clima para tratar de meter en vereda al hijo de ambos, no habría contraído la última, fatal, enfermedad.
Victoria amaba a Albert con cada partícula de su ser. Él había llegado a Inglaterra procedente del ducado de Coburgo para hacerla mejor persona…y para contribuír de manera decisiva a que se transformase en una gran reina. Con su severidad, su rigurosidad, su fuerte sentido del deber y de la responsabilidad, su formidable ética del trabajo duro al servicio de los demás, Albert había influenciado mucho en Victoria. Antes de casarse con Albert, Victoria había mostrado un carácter muy hannoveriano. No podía pararse quieta, le encantaban las fiestas en las que podía bailar hasta después de que hubiese amanecido, se reía a carcajadas, disfrutaba de los privilegios de su posición. A veces, la perdía el maldito genio, la chispa de temperamento de los Hannover. Podía cometer graves errores de juicio…y negarse a admitirlos con una pasmosa tozudez. Pero Albert había “reconducido” a Victoria. La había hecho “victoriana”.
Victoria sabía, mejor que nadie, cuánto se había esforzado Albert por ganarse el aprecio de los ingleses. Y los ingleses, al final, no llegaron a sentir cariño por aquel hombre serio, rígido, envarado, con una moral intachable y que pretendía que nadie dejase de observar un código de conducta honroso. Sin embargo, con el tiempo, los ingleses que no amaban a Albert admitían que respetaban a Albert. Después de los folletinescos tiempos de los tíos paternos de Victoria, esa reina había formado, con su marido, una familia ejemplar, sin que les rozase ni de lejos la sombra de un escándalo. Albert no había “andado con mujeres” cuando era un buen mozo soltero. Desde luego, se atuvo a una escrupulosa fidelidad matrimonial. Nunca se permitió “ligereces” a pesar de que Victoria atravesó por nada menos que nueve embarazos, nueve partos y nueve cuarentenas en sus años de matrimonio.
Para Victoria, la ausencia de Albert significaría un drama íntimo en el que se regodeaba con cierta morbosidad. Mantenía las ropas de Albert en el armario, cada noche esperaba encontrar encima de la almohada de él en la cama que habían compartido la camisa de dormir del príncipe. Los retratos y bustos de mármol del difunto surgieron por doquier, en una especie de culto constante a la memoria de él. No se permitía ni el menor gesto de alegría en los meses posteriores a la defunción. La princesa Alice, tercera hija de Albert y Victoria, la hija que había cuidado con esmero al padre enfermo y que había reconfortado a la madre en el primer momento de duelo, se casó con su prometido, Ludwig de Hesse, en una atmósfera verdaderamente lúgubre. Un luto como el de Victoria no cedía ni siquiera ante el casamiento de Alice con Ludwig.
El aislamiento de Victoria haría cundir los rumores sobre un completo desequilibrio mental, es decir, locura. Los Hannover nunca habían estado muy cuerdos, recordaban los ingleses. Quizá Victoria, la última de los Hannover, hubiese perdido por entero la cabeza a raíz de la desaparición prematura de su consorte. Hizo falta tiempo y un esfuerzo constante tanto de la familia como del gobierno para que la soberana aceptase retomar sus deberes, incluído el deber de aparecer con cierta regularidad ante sus súbditos.
Imágenes de la reina Victoria:
*Victoria, entonces princesa Alexandrine “Drina” Victoria de Kent, todavía una pequeña criatura en brazos de su madre Victoria, duquesa viuda de Kent.

*Victoria con Albert en 1860, un año antes de la muerte de él.
*Victoria, viuda, sosteniene en su regazo un retrato de Albert.

Victoria no íba a dejar que se quedasen en agua de borrajas ninguno de los proyectos pendientes de Albert.
Albert había bendecido el compromiso nupcial de la buena y querida Alice con el príncipe Ludwig de Hesse-Darmstadt. Por tanto, en pleno duelo por el consorte de la reina, en un ambiente luctuoso e incluso tétrico debido a una tormenta que se cernió sobre la isla de Wight, dónde se ubica Osborne House. Tras esa boda tan peculiar, la sensible y paciente Alice marchó a Darmstadt con su marido.
Otro proyecto inconcluso lo constituía, como no, el enlace entre Bertie y Alix de Dinamarca. Victoria estaba resuelta a que se produje dicha alianza, a pesar de sus reticencias hacia la reina Louise Wilhelmine, madre e Alexandra. No está del todo claro porqué Victoria despreciaba a la encantadora Louise. Se sugiere que alguien, con muy mala intención, le fue a la reina inglesa con una historia acerca de Louise quedándose encinta y teniendo un hijo ilegítimo en secreto antes de su matrimonio con el príncipe Christian. La historia no resiste el menor análisis: sin lugar a dudas, se trataba de una falsedad que pretendía echar tierra encima de un eventual matrimonio de Bertie con Alix. Sin embargo, sí existe la posibilidad de que una de las hermanas de Louise hubiese cometido el “desliz” que alguien pretendía achacarle a ella. Por si no bastase con esa alusión, se recordaba que la madre de Louise Wilhelmine y por tanto abuela materna de Alix, Charlotte de Dinamarca, quizá no fuese hija legítima del príncipe hereditario Frederick, padre oficial de la criatura. En resumen…se sacaban a relucir viejos escándalos mezclados con rumores infundados.
No obstante, Victoria estaba decidida a conocer personalmente a Alix. Con ese objeto, se dirigió a la corte belga en Bruselas. Había un excelente motivo para que la soberana apareciese de pronto en el palacio de Laëken: el rey de los belgas, Leopold I, era un hermano de la difunta duquesa de Kent Victoria, madre de Victoria de Inglaterra; más aún, Leopold I había sido de siempre el tío predilecto de la monarca británica. Coincidió (una coincidencia muy bien planificada de antemano…) que los reyes Christian y Louise se encontraban en territorio belga, con sus hijas Alix y Minnie. Bertie, por supuesto, también se dejó caer por allí, con su lección bien aprendida. Para reconfortar a la madre por la pérdida del padre, que se le achacaba a él mismo, el príncipe estaba más que dispuesto a declararse a la princesa danesa. Un paseo por los jardines y parques en torno a Laëken representó la ocasión propicia: entregándole una ramita de romero llevada desde Balmoral, Bertie pidió en matrimonio a la arrobada Alix, que aceptó de inmediato. Por supuesto, antes de que se produjese tal escena, Alix se había ganado el corazón de Victoria, presentándose ante la futura suegra con los cabellos sueltos, vestida con un traje negro de absoluta sencillez y expresando con gran ternura sus condolencias por la trágica desaparición de Albert.

Albert y Victoria con sus cinco hijos mayores, en un célebre cuadro de F.X. Winterhalter
La familia real inglesa nunca podría volver a ofrecer estampas completas de todos sus miembros en torno a la pareja Albert & Victoria, pero la reina enlutada estaba encantada con la perspectiva del casamiento de Bertie y Alix. No obstante, antes de que se pudiese obtener esta imagen nupcial…

…a Alix le quedaban por tragar algunos sapos bastante gordos.
Se decidió que la boda tendría lugar en la capilla de San Jorge del castillo de Windsor, fijándose como fecha el 10 de marzo de 1863. El compromiso matrimonial se había verificado en Laëken el 9 de septiembre de 1862. Por tanto, hubo seis meses de noviazgo oficial antes del casamiento.
Por supuesto, la reina Victoria insistió en que Alix debía pasar parte de esos meses con su inminente familia inglesa. Ya que íba a transformarse en la princesa de Gales, consorte del heredero del trono británico, necesita eliminar cualquier rastro de acento extranjero en su inglés (por lo demás absolutamente fluído, ya que las princesas danesas habían tenido una típica nanny…) y aprender las normas de la casa en la que entraría a formar parte. Pero Victoria fue innecesariamente ofensiva en sus demandas: en el viaje a Inglaterra como invitada especial de la reina para la Navidad de 1862, Alix no podría ir acompañada por sus padres. Si acaso, el rey Christian tenía la venia para escoltarla, aunque no se le incluía en la invitación formulada a su hija para permanecer en la residencia de Victoria; la reina Louise Wilhelmine debía quedarse en Coppenhague, inexcusablemente. Se aceptaría su presencia para la boda (¡faltaría más!) pero no antes.
Es muy dudoso que Alix se haya percatado de esa marejada de fondo. Louise, con su habitual tacto y delicadeza, sin duda ocultó gran parte de los hechos, e incluso sus sentimientos hacia el mal trato que se le daba, para no angustiar a Alix. De por sí, Alix estaba nerviosa y ligeramente preocupada ante el cambio radical que se produciría en su vida. Louise consideraba su deber facilitarle el camino a la muchacha, quitando de él todas las piedrecitas que pudiese echar a las cunetas.
De cualquier forma, Alix lamentó profundamente la despedida de su padre, que regresó a Dinamarca en cuanto la hubo dejado a ella en la isla de Wight: ya que no le proporcionaban alojamiento en Osborne House, no pensaba pasar por la humillación de instalarse en espera de la muchacha en cualquier hotel de Londres. Pero, resuelta y animosa, pasó con nota elevada el examen que representó varias semanas navideñas con la familia de Bertie, arracimada en torno a la poderosa Victoria. Las cartas de esa época de Victoria a su hija Vicky en Prusia reflejan que la futura suegra consideraba a la futura nuera un “ángel que había bajado del Cielo”.
Minnie (kalliope)
